viernes, 5 de agosto de 2016

Modas de Sangre





Sobre Modas de Sangre…
El historiador y escritor norteamericano Nicolas Shumway, en su famoso libro “La Invención de la Argentina”, sostiene que la Argentina, a diferencia de otros países, se encuentra dividida en dos. Esta división, que es política e identitaria, va más allá de las derechas y las izquierdas, y tiene que ver los contrapuntos que provocan la existencia conjunta de dos modelos de nación que atraviesan la historia de la Argentina desde la independencia. Estas ficciones orientadoras, como las llama Shumway, refieren a dos formas de entender la nación. Por un lado, está la argentina que se entiende a sí misma como cosmopolita, europea e institucional. La otra, como nacional, latinoamericana, únicamente capaz de ser guiada por una figura carismáticamente fuerte. Esta división, que fue tomando cuerpo a lo largo de la historia con diferentes binomios, definen un conflicto entre opuestos, como dos caras de una misma moneda: “unitarios y federales”; “civilización y barbarie”; “peronismo y anti peronismo”.
En “Modas de Sangre”, Manuel Pérez del Cerro intenta captar este conflicto endémico de la historia argentina a través de la mirada de una de sus caras: la del federalismo y la gauchesca; la de Rosas y la llamada “barbarie”. El gaucho, el desposeído, el obrero se incardinan en la figura del carnicero, y se presenta con su cara fraternal y orgullosa; su realidad más corpórea y visceral. Sin embargo, el vestido rojo punzó de Manuelita Rosas, pintado por Prilidiano Pueyrredón en 1851, funciona como su contrapunto. Representa lo sutil y lo distinguido. Es un símbolo reapropiado e transpuesto en una nueva clave. El estilo rococó de la “civilizada” Francia se reconfigura en el vestido de Manuelita Rosas de Prilidiano y se trasmuta una vez más en la obra de Manuel. Lo “civilizado” como una de las caras del interior de lo “bárbaro” es expuesto como carne y como emblema; como amenaza y como símbolo.
El vestido rojo punzó sin cuerpo ni carne, pero como cuerpo y carne, es centro y emblema en la obra de Manuel que aquí se presenta. Tal vez, en su quiasmo, sea el quimérico lugar de los encuentros. El vestido de Manuelita es serie y es uno; es civilización y barbarie; está despojado de la carnadura del cuerpo pero a la vez es carne de faena; es la aspiración por ser lo que no es aun siéndolo; es el conflicto en su siempre precaria irresolución.


Matías I. Zarlenga.   

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